La comunidad moderna y los obstáculos que debe superar
“Lo más notable de
la comunidad es que ha existido siempre”. Esta
frase fue alguna vez mencionada por el autor gales Raymond Williams, y citada
por el autor del actual texto en su libro Modernidad Liquida, cuyo nombre es Zygmunt Bauman. Si bien se puede considerar un axioma, es decir,
una verdad innegable, debido a que el ser humano, por naturaleza es un ser
social que desde su aparición no hace más de 5 millones de años, ha permanecido
en grupos locales, con el objetivo no solo de mantenerse a salvo de amenazas
externas, sino también de la soledad. Y es que, según la ley de la naturaleza,
toda especie tiende a conglomerarse con el objetivo de compartir recursos y
sobrevivir, seguir adelante. Pasaron milenios de desarrollo, hasta alcanzar la
era actual, cuya característica principal radica en la abundancia de historias
acerca de modelos socio-políticos que cambiaron la mentalidad del ciudadano desde
el siglo pasado en varias naciones del mundo, muchos de ellos significando el
inicio de un cambio radicalmente profundo sobre el modus vivendi de la mayoría de la población en la tierra (como lo
es el sistema neoliberalista, que acompañado al modelo económico capitalismo,
constituye la marca sobre la frente de todas las personas que trabajan por y
para el dinero). Y en cierta medida, dicho modelo ha influenciado sobre la idea
de una clásica comunidad, aquella en la que integraba personas sin importar su
procedencia o gustos.
Y
para poner en evidencia que tan distinto es esta “tendencia”, según el autor el comunitarismo es una reacción previsible
a la acelerada licuefacción de la vida moderna, una reacción ante su
consecuencia más irritante y dolorosa: el desequilibrio, cada vez más profundo,
entre la libertad individual y la seguridad.
Tristemente
lo dicho anteriormente tiene razón en cada una de sus palabras, y no hace falta
una completa y profunda investigación acerca de las naciones soberanas del
planeta para demostrar que cada vez que ocurren catástrofes, ya sea naturales o
humanas (lo más lamentable es que hayan catástrofes de este tipo), las víctimas
tienen la necesidad de estar más aglomerados de lo que normalmente acostumbran
a estarlo, ¡Como si una fuerza que significa peligro es necesaria para hacer
unir a todas las almas que conforman una familia contemporánea, cuando ya esto
era sumamente el diario vivir de todos tan solo unas pocas décadas atrás!
El
autor se plantea varias situaciones paradójicas, y una de ellas es que “el carácter transitorio y parcial de los vínculos
no siempre es el remedio que hace que nuestros objetivos individualistas se cumplan en definitiva”, sino que
obstaculizan nuestro entendimiento del mundo y del impacto que ese mismo
sentimiento egoísta es provocado a nuestro alrededor por parte de los demás.
Teóricamente,
la comunidad ideal es “un compleat mappa
mundi: un mundo total, que proporciona todo lo necesario para una vida
significativa y gratificante”. Pero esta aplicación no es posible
actualmente ni lo será si varias de las naciones alrededor del mundo se
encuentran en guerra justo en este instante, otras se encuentran en conspiración
con sus vecinos, y las restantes se interesan por cuidar de sus intereses, sin
pensar en el impacto que significa un aislamiento entre los pueblos del recién milenio
contemporáneo.
Según Bernard Yack, compilador de Liberalism without illusions, expresa
que siempre que los sentimientos patrióticos, aquellos que entran dentro de lo
que es un vicio por los intereses o bienes para el pueblo, han llegado al nivel
de pasión compartida “los patriotas han
manifestado una pasión feroz y no benévola”.
Lo último
dicho conduce a una necesidad de establecer las diferencias entre dos conceptos
que, si bien existen desde los inicios de las civilizaciones, o sea, comunidad,
es necesario recordar el estricto impacto que cada uno produce en la era moderna.
Hablo del patriotismo y del nacionalismo. La diferencia entre ambos radica en
la forma en ver al extranjero, a esa persona ajena a una nación o conglomerado,
e idear una estrategia ya sea para convertir a esa persona en un nuevo aliado o
expulsarlo de toda raíz nacional. Cuando hablamos de patriotismo, el autor hace
referencia a la terminología de Claude Levi-Strauss como una técnica antropofágica de erradicar toda noción
de cultura de un individuo no perteneciente a la raíz migrante de manera
forzada, es decir, sobrescribir sobre la mente del individuo un sentimiento artificial
y ajeno a su voluntad tal que le haga cambiar de parecer acerca de las costumbres
y modalidades socio-culturales de su nación de origen; esta definición es un
poco forzada y de vez en cuando va de mano con la realidad, pues en épocas no muy
lejanas, cuando las naciones del mundo no estaban regidas bajo un mismo acuerdo
internacional ( como lo es la carta de derechos de la ONU), estaban bajo el
control de la guerra.
Por otro lado, el nacionalismo se
asocia con la estrategia antropoemica de
eliminar o expulsar del territorio aquellos y aquellas que no poseen raíz alguna
de la cultura a la que piensan emigrar. A
pesar de que, en cierta medida, el patriotismo es más tolerante ante las diferencias
culturales, religiosas, y demás, se llega hasta cierto punto donde ambos son
perjudiciales para el individuo, y es que hoy en día es un poco más fácil vivir
apegado a las diferencias culturales, al mismo tiempo que vivir con la costumbre
de los demás, en comparación con las épocas del pasado milenio, aunque esa última
opinión personal es que existen ciertas localidades que en pleno siglo XXI se
les hace difícil seguir los lineamientos de libertada e identificación personal
por los que la ONU y demás organizaciones afiliadas velan cada día. Para
evidenciar esto último consúltese varias de las sociedades del medio oriente y
de África central, le aseguro que acertara sin querer a una nación con estos
problemas.
Pero,
“entre
ambos criterios, nacionalismo o patriotismo, el que más ha logrado una unión plural
entre las comunidades y/o sociedades de hoy en día es el hecho de llegar a un
acuerdo mediante la confrontación y el debate”. Esto último viene demostrado
al ver la manera en como dos de los más grandes conflictos que la humanidad ha
vivido a inicios y mediados del siglo XX se han resuelto tras un intenso
dialogo entre las naciones involucradas, de lo contrario, el mundo como lo
conocemos sería muy distinto y más caótico que el presente.
Y es
que, “la volatilidad de las identidades
es el desafío que deben enfrentar los residentes de la modernidad liquida. Y también
la opción que se deriva lógicamente: aprender el difícil arte de vivir con las diferencias,
o de producir, poco a poco, las condiciones que harían innecesario ese
aprendizaje”. El mundo sería un lugar mucho mejor si las diferencias entre
las naciones llegasen a ser regionales, esperando posteriormente a que se funda
una nueva sociedad que haya superado todos los errores de sus antepasadas y
trabaje para el bien colectivo de todas las especies de este planeta.
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| Diversas comunidades alrededor del mundo exigen a los gobiernos soluciones ante los problemas que enfrentan en su diario vivir, los cuales se manifiestan de varias formas y magnitudes |
Por Pedro German

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